¿Por qué duele tanto la retirada de Westbrook?
- Gustavo Zaragoza
- 15 ago
- 5 min de lectura

Es oficial: Russell Westbrook no volverá a disputar un partido de baloncesto profesional. Así lo anunció el pasado miércoles el jugador mediante un emotivo vídeo que publicó en sus redes sociales, confirmando algo que, si somos plenamente honestos, podía verse venir. Sus últimos años, tras su llegada a Los Angeles Lakers, han estado llenos de grises, y han sido dolorosos para todos aquellos que le hemos seguido de cerca y le hemos admirado durante su carrera. Probablemente, desde un punto de vista frío y realista, la reacción debería ser: ya era hora.
Sin embargo, desde que lo vi estoy con la mosca detrás de la oreja, y, como supongo que os habrá sucedido a muchos de vosotros, me invade una gran tristeza cada vez que me viene a la cabeza. Pero es que, junto con esta sensación, viene una pregunta: ¿Por qué siento esto? Westbrook ha sido uno de mis jugadores favoritos toda su carrera, sí, pero también se retiraron otros jugadores a los que he admirado como los Gasol o Dwight Howard, y no me había pasado nada igual.
Para entender lo que ha sido Westbrook, había que estar ahí. Para la gente de mi generación (1998) que no teníamos Canal +, no siempre había sido tan fácil seguir los partidos de manera habitual. Quienes jugábamos al baloncesto, en la adolescencia solíamos basar un poco nuestra personalidad en que nos gustaba esto más que el fútbol (no lo niegues, todos hemos tenido 13 años y no pasa nada). Esto nos hacía querer seguir la NBA, aunque pudiésemos ver partidos muy pocas veces al año y siempre como un acontecimiento. La seguíamos principalmente por revistas y videojuegos, hasta que fuimos lo suficientemente mayores como para tener la habilidad de averiguar de qué manera de dudosa legalidad podíamos ver de manera gratuita los partidos. Empezábamos a confiar nuestra seguridad informática a páginas web con extensión de un país absolutamente desconocido y narraciones en idiomas cuya existencia seguimos dudando a día de hoy. Ahí veíamos los partidos a 144 píxeles y con cortes cada dos minutos, y la verdad, no nos vamos a mentir: éramos muy felices.
En esta etapa de nuestra vida, surgieron con muchísima fuerza los Thunder. Oklahoma City es una ciudad que no se encuentra ni entre las 20 más pobladas del país, es decir, del orden de ciudades como Oviedo, Badalona o Cartagena en España. Dicho de otra manera, es una ciudad a la que, a priori, “no le toca” tener un gran equipo. No os voy a contar cómo les fue porque todos sabéis la historia. Eso sí, tal vez, si eres muy joven y no lo viviste, no sabes que todos nos enamoramos de OKC. Íbamos con ellos en 2012, íbamos con ellos en 2016, y queríamos que KD y Westbrook consiguieran finalmente su ansiado anillo. Habíamos crecido con ellos como aficionados y como personas en un momento en el que podíamos ver pocos partidos, con lo cual los disfrutamos con esa intensidad tan única que tienen los primeros amores.
En una época en la que las lesiones nos dejaron sin Derrick Rose, todos nos subimos al barco del 0 de los Thunder. El tiempo nos dio la razón, mostrándonos que no solo era su estilo de juego. Westbrook era el jugador con más pasión sobre la pista, siempre. Nunca daba un balón por perdido. Nunca daba un rebote por imposible. Nunca dejaba a un compañero tumbado en el suelo durante más de un segundo. Era todo esfuerzo, tesón y competitividad. Sus ganas de ganar siempre fueron su firma personal, y por si fuera poco, sus compañeros hablaban maravillas de él fuera de la pista. Insisto, todo esto lo vivimos como adolescentes. Era imposible no sentir admiración.
Por supuesto, tras la postemporada de 2016 pasó lo que pasó con Durant, y esto nos hizo confirmar que estábamos en el lado correcto de la historia: Westbrook es el bueno, Durant el malo. Aquella temporada fue histórica, y promedió por primera vez en su carrera un triple doble (de las cuatro que lo haría, que se dice pronto). Aquello se vivió como algo absolutamente sobrehumano, que considerábamos imposible. El triple doble número 42 de aquella temporada, que logró con una victoria ante los Denver Nuggets con 50 puntos, 16 rebotes y 10 asistencias, y que a posteriori terminaría significando la no clasificación de los Nuggets a playoffs… Tenías que estar ahí.
Los años venideros tuvieron una narrativa común, que ya le acompañaría para el resto de su carrera: “Westbrook mola, pero no vale”. “Westbrook es muy pasional, pero jamás ganará”. “Westbrook para verlo guay, pero que juegue en otro equipo”. El caso es que, si era el mejor jugador de su equipo, es posible que esta narrativa fuera cierta, pero no por ello deja de ser dolorosa e injusta. Dolorosa, porque a todos nos encantaba el jugador. Injusta, porque a día de hoy hay quien piensa que Russell Westbrook es un perdedor. El jugador que más entrenaba para mejorar, que más se esforzaba para tener un buen ambiente, y que no dudó en rebajar su rol en los últimos años para intentar ayudar a proyectos como los de Nuggets o Clippers. Ese tío no era un ganador. Idos a la porra.
Aquí llegamos al punto que quería expresar con todo este contexto. Lo doloroso de la retirada de Westbrook no solamente es que nos recuerda que ya empezamos a peinar alguna cana, nos duele la espalda y nos estamos apuntando a medias maratones para negarnos a nosotros mismos que la juventud se nos va, como cualquier otra retirada nostálgica. La marcha de Westbrook duele porque nos recuerda que, en esta vida, puedes ser quien más se esfuerce, puedes ser quien más ganas le ponga a todo, puede que no haya una sola persona que trabaje más que tú por lograr un objetivo, pero aún así… Es posible que no lo consigas. Y no solamente que no lo consigas, sino que es posible que aún así, el resto te considere un triste y un fracasado. Vivimos en un mundo en el que únicamente valen los logros que pongamos en el linkedin y las fotos de aquel viaje increíble que subamos a instagram. Nada de lo que hemos hecho por medio sirve. A nadie le interesa si no llegaste al KPI que te marcó el jefe por un motivo personal, o si no podías permitirte ir a ver las pirámides de Egipto. Si no llegas a lo que se supone que tienes que llegar, eres una mierda.
Esta retirada nos confirma que, efectivamente, en la NBA como por desgracia en la vida, esta es la narrativa que prevalece. Lo mismo sucedió cuando se fue Chris Paul (con la diferencia de que este es tontísimo, y no nos dio tanta pena), y lo mismo ocurrirá, salvo sorpresa, cuando se retiren Harden, Lillard, o, si LeBron James no logra arreglarlo, Embiid. Es injusto, triste, y un asco, y por eso da tanta pena. Porque nos confirma que vivimos en un mundo lleno de gente de mierda que no aprecia aquello que vale la pena. Es por eso que quisiera que este alegato sirva para que tú, querido lector, disfrutes del camino. Apúntate a esa liga amateur con tus amigos para quedar en media tabla, te vas a divertir como un animal. Haz ese curso de Canva que viste rebajado para hacer memes con el careto que puso tu amiga esa noche con tres copas de más. Haz una paella, aunque salga mal, porque te interesa aprender a cocinar. Anímate, porque no todo es el resultado final. También puedes ser Russell Westbrook, y sinceramente, eso es la hostia.



Comentarios